La sociedad de hoy es, en todos los países, enormemente sensible a la figura exterior que compone la persona. Al ser humano se le mide con arreglo a un patrón de actualidad, es decir, se le pone un espejo delante que, al señalarle la imagen que debe representar y mantener para no desafinar en su tiempo, le corta el camino hacia el conocimiento de las cosas, abortando todo criterio o simplemente ademán discrepante. Desde la radio, la prensa, el cine y la televisión, es bien sabido cómo se atosiga a diario al ciudadano, indicándole con la más redomada amabilidad lo que «precisamente a él» —espectador o radioyente en particular— le conviene, le «va», es decir, cómo debe lavarse, vestirse, fumar, beber y sonreír para redondear los detalles de esa figura dinámica, para armonizar ese conjunto de gestos uniformes, protegido por los cuales ya está en condiciones de echarse a circular por el trafagoso mundo, como un reflejo más entre todos los que, reincidentemente, parten del mismo Supremo Espejo.

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Pocas futuras compradoras, aun con una disposición inicial indiferente, escéptica o incluso claramente negativa con respecto al producto comercial o al remedio que para sus males sugieren tan persuasiva y amistosamente, serán las que sigan manteniendo un hostil rechazo a tantas pruebas de comprensión, a tantos ofrecimientos de confianza.

A la buena disposición femenina para recibir de otro normas por las que regirse (tendencia fácilmente comprensible si se piensa en su pobre papel de comparsa a lo largo de la sociedad patriarcal), hay que añadir la circunstancia de que nunca una mujer se ha visto tan sedienta de afirmación y diferenciación, tan obsesionada por conquistar esa «personalidad» que ha de valerle el aprecio de los demás, como en el seno de la sociedad actual, donde todos los letreros invitan al éxito, al amor y a la felicidad individual como metas absolutas y accesibles mediante recetas prácticas.

Y cuando por doquier nos están ofreciendo llaves más infalibles y perfeccionadas cada día para adecuarse a todo tipo de puertas, hasta las más secretas y particulares, nada tiene de extraño que decrezcan el interés y la preocupación por examinar personalmente esas cerraduras que no funcionan, analizando con ellos las causas de su embotamiento […]. Con lo que cual, no solamente aquellas puertas que se pretendían abrir seguirán ofreciendo idéntica resistencia, sino que gradualmente viene a embotarse también cada vez más la capacidad de pensar algo bien claro: que, mientras no sepa uno mismo en qué laberinto anda preso, malamente nos va a dar nadie, desde fuera, llave ninguna para salir de él.